sábado, 19 de mayo de 2012

El mejor mirador de la Eafit

El balcón, de la universidad Eafit, ubicado en el cuarto piso del bloque 38, es un lugar perfecto para disfrutar de la vista, para estudiar en un ambiente tranquilo, respirando aire puro y servir un poco de sol.
 
En este sitio se puede apreciar de una manera muy amplia el nuevo puente “de la 4 Sur”, de igual manera una bandera larga y ancha de Colombia, a la cual el viento hace mover por ende se hace más vista hacía los transeúntes.  También se puede apreciar lo más característico de Medellín, sus montañas, aunque ya están llenas de edificios y de contaminación, solo se ve las puntas de estas pero pese a que sabemos que estas son verdes, se cambian a un color azul igual que el cielo. El metro pasando con bastantes personas dentro de el y la fila de carros que siempre hay para entrar a la universidad Eafit hacen que esta vista sea más cautivadora.

Este balcón es lo suficientemente grande para poner 20 mesas, en donde los estudiantes o profesores se relajan, comen, leen un libro o hablan de cosas cotidianas. Las mesas tienen cuatro sillas y un techo azul para que las personas que las utilicen esquiven el sol o la lluvia. Tiene dos materas de palmas que decoraran ese lugar, dándole un toque natural y vivo.

Es ideal para todas aquellas personas que les gusta sentirse libre y apreciar la ciudad donde viven, claro que también se puede ver la universidad, mirando hacía el lado izquierdo se observa los bloques 33, 34, 35 y el lado trasero de la biblioteca. En dirección occidental se contempla las cafeteritas, lugar identificado como “el tejadito”, en donde se encuentran tiendas de comida como Santa Elena, Dunkin Donuts, entre otras. Del lado derecho, se divisa dos canchas de tennis y una grande de fútbol, en donde muchos estudiantes hacen ejercicio y caminan en esta.

En la noche se hace imposible leer o estudiar pues no hay buena iluminación solo se puede ir a conversar y ver las montañas iluminadas, las estrellas y escuchar el sonido de los carros en la autopista.

Desde la primera vez que visitas este lugar, tienes que volver, pues es una distinta forma de estudiar y de apreciar la universidad.

viernes, 18 de mayo de 2012

Basta de soñar, es hora ir más allá

"Somos todos culpables de la ruina del planeta. La salud del mundo está hecha un asco. 'Somos todos responsables', claman las voces de la alarma universal y la generalización absuelve: si somos todos responsables nadie lo es", escribió Eduardo Galeano en su cuento Cuatro frases que hacen crecer la nariz de Pinocho. He aquí un mundo donde todos tenemos la razón y en realidad nadie la tiene. Sabemos que hemos estado destruyendo la Tierra desde hace muchos años, pero ¿hacemos algo por ella? Por supuesto que sí, desde que las palabras tomaron más poder que los propios actos creemos que con solo decir que somos culpables de la ruina del planeta ya hacemos mucho por recuperarlo.

Somos seres que suponemos que con hablar vamos a cambiar la tierra donde habitamos; sin embargo, vivimos en un mundo donde cada quien cuenta su versión de la historia como le conviene: "Si Eva hubiera escrito el génesis, ¿cómo sería la primera noche de amor del género humano? Eva hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció ninguna serpiente (...) Que todas esas son puras mentiras que Adán contó a la prensa", publicó Eduardo Galeano en su cuento Puntos de vista. Entonces, es mejor fantasear con que el mundo cambie algún día o nosotros aceptar que la culpa es de cada uno. Ya que nos encanta sentirnos parte del montón, si todos lo hacen yo también y la falta es de todos.

Si tan solo pensáramos que nacemos solos y por tanto morimos de igual manera, comprenderíamos que cada uno hace parte del mundo, teniendo un corazón distinto y, por consiguiente, diferentes maneras de ser y de entender la vida. Pero a pesar de esa desigualdad, todos nos identificamos, como dice Eduardo Galeano en su cuento Utopia: "Al delirar un poquito y adivinar otro mundo posible", de esta manera trata de el ser humano de sentirse "feliz", soñando en un mundo Eduardo Galeano describe, en su cuento Utopia, como un lugar en el cual "Nadie vivirá para trabajar, pero todos trabajaremos para vivir". Qué mejor que esto fuera cierto, pero en realidad no lo es, pues así como menciona Eduardo Galeano en su cuento Utopia: "Los políticos creen que a los pobres les encanta comer promesas". Y aunque sus palabras son muy inspiradas no estoy de acuerdo cuando él dijo que a Dios se le había olvidado de hacer un mandamiento: "amarás a la naturaleza de la que formas parte", puesto que si Dios creó la naturaleza , ¿cómo sería posible que Él quisiera que nosotros la destruyéramos? Más bien, si nosotros hiciéramos caso a su primer mandamiento, amarás a Dios sobre todas las cosas, valoraríamos su creación y la amaríamos tanto que no pudiéramos arrancar ni un pétalo de una rosa.

De igual manera, al Eduardo Galeano decir en su cuento Utopia, que la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes y que nadie morirá de hambre, me complacería demostrarle con la palabra de Dios que esto no será un sueño con que la humanidad tendrá que morir sin haberse hecho realidad, pues muy pronto se cumplirán sus profecías y podremos vivir en el paraíso de Edén que nunca pudimos conocer, pero que pronto haremos parte de este.

Por esto mismo, cuando Eduardo Galeano dice que los desesperados y perdidos serán encontrados, ya que se han cansado de esperar y de tanto buscar. Es la misma situación que vive el ser humano al creer que alguna vez el Estado va a poder conseguir la paz. Sería algo contradictorio, ya que somos los seres humanos culpables de que este mundo esté lleno de maldad y con nuestras propias manos lo destruimos. Por lo tanto, ¿cómo podría un ser imperfecto conseguir la paz de toda una humanidad? Por más buenas personas que haya en el mundo, siempre habrá en su corazón algún defecto. Así que como Eduardo Galeano sueña con un mundo sin sufrimientos, yo me siento plenamente feliz de no solo soñar sino de sentir en mi corazón que muy pronto Jehová Dios cumplirá todos nuestros anhelos. No tendremos que ir más a cine para creer en los finales felices, pues el final de la maldad está muy cerca y el comiendo de la verdadera felicidad se encuentra muy pronto.




En el Centro hay que estar cuatro ojos

Nunca había la oportunidad de ir al Centro de Medellín y disfrutarme cada segundo que pasé. Sí, muy bien dije: disfrutarme. Siempre que iba al Centro, por obligación o no, tenía un gran prejuicio, el solo pensar en los ladrones, los "viejos verdes", los trabajadores, los recicladores y albañiles que son característicos en este lugar, me hacía perder el interés por lo que en realidad descubrí que este es.

Pero ahora que abro los ojos y despejo esa cortina de humo que antes me impedía observar, pude contemplar que en este lugar fue donde Medellín comenzó a formarse como la gran ciudad que es ahora y así conocer el gran significado que esta zona tiene.


Empecé a disfrutar de mi recorrido por el Centro desde que llegué a la Antigua Estación del Ferrocarril. Un señor muy amable accedió a contar su historia en ese viejo tren, donde hoy ni siquiera queda sus vías férreas. Habló mucho sobre su experiencia, pero lo que más me impacto fue cuando describió la manera en la que viajaban, ya que en el techo iban las maletas, pero tenían una sorpresa debajo de sus sillas, las cuales eran negras con patas altas, dando espacio para que todos sus viajantes pudieran amarrar, meter en costales o como fuera a los animales que estos poseían, sin importar la naturaleza de aquellos: gallinas, patos, perros, hasta marranos hacían parte de la tribulación. Cuando el tren emprendía su viaje, estos se mareaban y llegaban igual de cansados que las personas.

Al caminar un poco más y escuchar la frase muy común de los colombianos: "Esto pasó de Guatemala a guatepior", una señora contó que cuando funcionaba el tren, muchas personas de todos los pueblos de Antioquia podían constantemente ir a Medellín, pero ahora que está en el olvido, los pueblos se desconectaron de la ciudad e igual que el tren, quedaron inmóviles.

Siguiendo mi recorrido vi de causalidad a dos ancianas que pensé que me podrían contar una buena historia, pero como típicas viejitas pensaron que les iba a robar o hacer algo malo y solo me dijeron: "No niña, no sabemos nada", voltearon su cara y siguieron hablando. Me sentí ignorada, les dije "gracias" y seguí derecho. Al salir de ese sitio lo primero que percibí fue el solazo que estaba haciendo, caminé un poco y llegué al Parque de las Luces, donde mi primera imagen, fue ver un señor con un sombrero vaquero negro y de cuero, con una posición muy Alejandro Fernández, con su pie sobre la carretilla donde vende frutas. Al subir mi mirada y ver su cara, ¡vaya sorpresa!... este "mexicolombiano" estaba sacándose mocos y haciendo bolitas con ellos.

Fue suficiente para mí, así que continué y al desviar mi mirada descubrí que una de las fuentes de agua del Parque de las luces sirve como lavadora, ya que una indigente estaba lavando su ropa y después el suelo servía como secadora, poniendo tres camisas y dos blue jeans a secar. Me quise acercar más a ella, cuando dos indigentes me gritaron: "¡cuidado!" Y me señalaron el piso, en donde pude descubrir que el suelo de este Parque también sirve como baño público.

Cambié mi camino y vi dos ancianos sentados en una silla tocando la guitarra, y uno de ellos quiso compartir su historia: fue desplazado por la violencia y por los grupos armados, los cuales lo obligaron a abandonar su tierra y venirse para Medellín, en donde lleva viviendo 33 años. Sin pelos en la lengua contó que él antes era un ladrón y se mantenía fumando marihuana en las calles del Centro, pero desde hace siete años todo eso cambio, ya que su amigo, con el que estaba sentado, le dijo un día: "Coja una guitarra y vámonos a cantar". Poniendo su mano en el hombro del amigo dijo: "Ah, este man es el culpable de que yo esté así". Formaron el dueto llamado "Renovadores musicales" y recordó que su mujer lo dejó, pero que ahora se está consiguiendo una señora de 80 años con la que se quiere casar. Le agradecí por compartir su historia y después me encontré con un indigente al cual le dije que yo era periodista y que si me podría contar alguna experiencia, cuando me respondió: "Ah, yo también soy periodista". Y puso su mano como un micrófono y dijo: "Caracol, RCN, ahora estoy en Caracol y en RCN pero ya me pasaron para Teleantioquia". Preferí alejarme y él seguía persiguiéndome y diciendo: "Es en serio, ¿no me cree?" Por fin se quedó atrás, pero yo seguía escuchando su voz repitiendo lo mismo. Hasta que comprendí aquella famosa frase: "cada loco con su tema.

Luego, caminando por Carabobo conocí la variabilidad de vendedores ambulantes que se encuentran, tales como el viejito que siempre se hace en la esquina para vender el periódico, los que se ganan la vida vendiendo minutos a 200 pesos, el vendedor de Bonice, y la variedad de productos que encontramos mientras caminamos por esa calle en donde música ambiental es el reggeatón y las coristas son las vendedoras de estos almacenes gritando: "Se le tiene el blue jean en promoción, bueno, bonito y barato", "¡Choco cono a $500, llévelo y disfrútelo!". Mejor dicho, en este lugar pregunte por lo que no hay que de todos modos se le tiene...

Terminando mi recorrido, por el parque San Antonio, Julio Enrique Cardona mostró su cédula, la cual decía que nacio en 1940: no es necesario decirle "viejito". Julio contó que fue "echado" de su pueblo Sonzón porqué le quebró "el coco de la cabeza" de alguien que lo estaba molestando y al poner su mano a punto de dar un puño, mostró la gran fuerza que todavía tiene y como todo buen caballero me dio la mano para despedirse.

Como en este sitio se encuentra toda la ciudad de Medellín reunida, no podía faltar la señora muy elegante y muy campante andando en pleno Centro con sus gafas Gucci, un reloj Rolex y un bolso con el que podría alimentar a todos los indigentes de este lugar. No sé si habrá llegado a su "mansión" con todos sus accesorios sanos y salvos, lo que si sé es que estaba fuera de lugar.

De pronto vi a un policía y pensé: "El me podrá contar una fascinante historia", pero fue todo lo contrario: se quedó pensando más de tres minutos qué decirme y al final me dijo lo más común que ocurre en este sitio: "Hace tres días cogieron a dos negritos robando una Blackberry a un muchacho". Sinceramente, me contaron mejores experiencias las ancianas que me ignoraron que el policía; pero bueno, fue muy satisfactorio tener la oportunidad de conocer tanto, en tan poco tiempo y en un lugar que tiene tanta historia.

El juicio de Nuremberg



El 22 marzo de 2009, mi hermano y yo estábamos buscando una película en nuestra casa. Era un domingo y recuerdo muy bien que eran las cinco de la tarde, ya que a esa hora tenía que tomarme una pastilla. Desde que nos levantamos, a las 7:15 a.m., no había parado de llover. Llevábamos más de diez horas acostados viendo televisión. Me levanté a buscar algún DVD y encontré uno que me interesó muchísimo. Se llamaba El juicio de Nuremberg. Pensé que sería interesante verla ya que fue nominada a once premios Oscar. En la sinopsis decía que en el año 1948, tres años después del final de la Segunda Guerra Mundial (1939- 1945), cuatro jueces, cómplices de la política nazi de esterilización y limpieza étnica, iban a ser juzgadores de Nuremberg. Me atrajo mucho y quise verla, pero le pregunté primero a mi hermano qué horas eran y él me respondió qué eran las seis de la tarde.

 Mi hermano dijo que no quería verla porque era muy antigua ya que había sido hecha en el año 1961, aparte de esto duraba 186 minutos, así que tuve que rogarle más de treinta y cinco minutos para que la viéramos. Al fin, cuando lo convencí, empezamos a verla a las seis y cuarenta. Este filme me hizo pensar, ¿por qué el gobierno le da más importancia a algunos casos judiciales que a otros?, ¿no son todos iguales? También me hizo recordar la época en la cual Hitler asesinó alrededor de seis millones de judíos y su violenta política. Mi hermano se quedó dormido solo en los primeros cuarenta minutos, pero yo sí quise terminarla de ver.